PERO CUANDO LLEGÓ
LA 149.ª NOCHE

Schahrazada dijo:

Sabe ¡oh rey afortunado! que el zorro, cansado de las continuas iras de su señor el lobo, y de su constante ferocidad, y de sus intrusiones en los últimos derechos que al zorro le quedaban, se sentó un día en el tronco de un árbol y se puso á reflexionar. Después dió un brinco lleno de alegría, porque se le había ocurrido una idea que le parecía la solución. Y en seguida corrió en busca del lobo, hallándole al fin con el pelo todo erizado, el hocico contraído y de muy mal humor. Desde lo más lejos que pudo divisarle, besó la tierra, llegó humildemente ante él, y aguardó con los ojos bajos que le interrogase. El lobo gritó: «¿Qué te pasa, hijo de perro?» Y el zorro dijo: «Perdona ¡oh señor! mi osadía, pero tengo una idea que exponerte y un ruego que dirigirte, si tienes á bien otorgarme una audiencia.» El lobo gritó: «¡Ahorra palabras, y en cuanto acabes, márchate en seguida, ó te romperé los huesos!» Entonces el zorro dijo: «He notado ¡oh señor! que desde hace algún tiempo Ibn-Adán nos hace una guerra incesante. ¡Por todo el bosque no se ven más que trampas y lazos de todas clases! Como sigamos así, llegará á ser inhabitable el bosque. ¿Qué te parecería de una alianza entre todos los lobos y todos los zorros para oponerse en masa á los ataques de Ibn-Adán y prohibirle que se acercase á nuestro territorio?»

Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡Digo que eres muy osado pretendiendo mi alianza y mi amistad, falso, enclenque y miserable zorro! ¡Ahí tienes, por tu insolencia!» Y le sacudió una patada que le tumbó en el suelo, medio muerto.

El zorro se levantó renqueando, pero se guardó muy bien de mostrar ningún resentimiento; al contrario, revistió el aspecto más sonriente y contrito, y dijo al lobo: «¡Señor, perdona á tu esclavo su falta de tacto y su escaso trato social! ¡Reconozco mis faltas, que son muy grandes! ¡Si no las hubiese advertido, ese golpe tan terrible como merecido que me acabas de dirigir, y que bastaría por sí solo para matar á un elefante, me las habría mostrado sobradamente!» El lobo, algo calmado por la actitud del zorro, le dijo: «¡Así aprenderás para otra vez á no meterte en lo que no te importa!» El zorro contestó: «¡Cuánta razón tienes! Ya lo dijo el sabio: «No hables ni cuentes nada hasta que te lo pidan, y no contestes nunca antes que te pregunten. Y no te olvides de atender solamente lo que pueda interesarte. Pero sobre todo, guárdate bien de prodigar consejos á quienes no hayan de comprenderlos, y no los des tampoco á los malos, que te tomarían ojeriza por el bien que quisieras hacerles.»

Tales eran las palabras que el zorro decía al lobo, pero por dentro pensaba: «¡Ya me tocará la vez, y este lobo me pagará la deuda hasta lo último, porque la arrogancia, la provocación, la insolencia y el orgullo necio tienen al fin y al cabo su castigo! Humillémonos, pues, hasta que seamos poderosos.» Después el zorro dijo: «¡Oh mi señor lobo! Ya sabes que la equidad es la virtud de los poderosos, y la bondad y la dulzura de modales los dones y el ornamento de los fuertes. El mismo Alah perdona al culpable arrepentido. Ahora bien; mi crimen es enorme, ya lo sé, pero mi arrepentimiento no es menor, pues ese golpe doloroso que has tenido la bondad de darme me ha estropeado el cuerpo, pero me ha remediado el alma, y esto es para mí un gran motivo de júbilo. Ya lo dijo el sabio: «El castigo que te impone la mano de tu maestro tendrá al principio cierta amargura, pero después te sabrá más dulce que la miel clarificada.»

Entonces el lobo dijo al zorro: «Acepto tus disculpas y perdono tu mal paso y la molestia que me has ocasionado obligándome á asestarte ese golpe, pero tienes que ponerte de rodillas, con la cabeza en el polvo.» Y el zorro, sin vacilar, se arrodilló y adoró al lobo, diciéndole: «¡Alah te haga triunfar y consolide tu dominio!» Entonces el lobo dijo: «Bueno está. Ahora marcha delante de mí y sírveme de batidor. Y si ves algo de caza, ven á advertírmelo en seguida.» El zorro respondió oyendo y obedeciendo, y se apresuró á marchar delante.

Pero al llegar á un terreno plantado de viñas, no tardó en observar algo que le pareció sospechoso, pues tenía todo el aspecto de una trampa, y para evitarlo dió un gran rodeo, diciendo para sí: «¡El que anda sin mirar los agujeros que hay á su paso, está destinado á caer en ellos! Además, mi experiencia de las asechanzas de Ibn-Adán ha de ponerme siempre en guardia. Por ejemplo, si viera una figura de zorro en una viña, en vez de acercarme echaría á correr, ¡pues sería seguramente un cebo puesto allí por la perfidia de Ibn-Adán! ¡Y ahora me sorprende en este viñedo algo que no me parece de buena ley! Veamos lo que es, pero con prudencia, porque la prudencia es la mitad de la valentía.» Y después de razonar así, el zorro empezó á avanzar poco á poco, retrocediendo de cuando en cuando y olfateando á cada paso. Se arrastraba y aguzaba las orejas, avanzaba y retrocedía cautelosamente, y así acabó por llegar hasta el mismo límite de aquel lugar tan sospechoso. Y bien hizo, pues pudo ver que era un hoyo hondo, cubierto de débiles ramajes disimulados con tierra. Al verlo, exclamó: «¡Loor á Alah, que me ha dotado de la admirable virtud de la prudencia y de estos buenos ojos que me permiten ver tan claramente!» Después, pensando que el lobo caería allí de cabeza, se puso á bailar de alegría, como si se hubiera emborrachado con todas las uvas de la viña. Y entonó este canto: