»Al oir estas palabras, aumentó mi espanto, y dije apresuradamente al león: «No vacilemos en hacer lo que más nos conviene. Ha llegado el momento de acabar con esa plaga, y á ti solo ¡oh hijo del sultán de los animales! te corresponde la gloria de matar á Ibn-Adán, pues haciéndolo así se acrecentará tu fama á los ojos de todas las criaturas del cielo, del agua y de la tierra.» Y seguí lisonjeando al león, hasta que le decidí á ponerse en busca de nuestro enemigo.
»Salió entonces de la caverna, y me dijo que le siguiese. Y yo iba detrás de él. Y el león avanzaba arrogante, haciendo restallar la cola sobre el lomo. Así caminamos, marchando yo detrás de él y sin poder apenas seguirle, hasta que vimos á lo lejos una gran polvareda, y al disiparse apareció un burro en pelo, sin albarda ni ronzal, que brincaba, coceaba, se echaba al suelo y se revolcaba en el polvo, con las cuatro patas al aire.
»Al ver esto, mi amigo el león se quedó muy asombrado, pues sus padres casi no le habían permitido hasta entonces salir de la caverna. Y el león llamó al burro: «¡Eh, tú, ven por aquí!» Y el otro se apresuró á obedecerle. Y el león le dijo: «¿Por qué obras así, animal loco? ¿De qué especie de animales eres?» Y contestó el otro: «¡Oh mi señor! Soy el borrico tu esclavo, de la especie de los borricos.» Y el león preguntó: «Pero ¿por qué corrías hacia aquí?» Y el burro respondió: «¡Oh hijo del sultán de los animales! Venía huyendo de Ibn-Adán.» Entonces el joven león se echó á reir, y dijo: «¿Cómo con esa alzada tan respetable y esas anchuras temes á Ibn-Adán?» Y el borrico, meneando la cola, denotando penetración, dijo: «¡Oh hijo del sultán! Ya veo que no conoces á ese maldito. Si le temo no es porque desee mi muerte, pues sus intenciones son peores. Mi terror proviene del mal trato que me haría sufrir. Sabe que hace que le sirva de cabalgadura, y para ello me pone en el lomo una cosa que llama la albarda; después me aprieta la barriga con otra cosa que llama la cincha, y debajo del rabo me pone un anillo cuyo nombre he olvidado, pero que hiere cruelmente mis partes delicadas. Por último, me mete en la boca un pedazo de hierro que me ensangrienta la lengua y el paladar, y que llama bocado. Entonces me monta, y para hacerme andar más aprisa, me pica en el cuello y en el trasero con un aguijón. Y si el cansancio me hace retrasar la marcha, lanza contra mí las más espantosas maldiciones y las más horribles palabras, que me hacen estremecer, á pesar de ser un borrico, pues me llama delante de todo el mundo ¡alcahuete! ¡hijo de zorra! ¡hijo de bardaje! ¡el culo de tu hermana!, y qué sé yo qué otras cosas más. Y si por desgracia me peo, para desahogarme algo el pecho, entonces su furor ya no conoce límites, y vale más, por consideración á ti, ¡oh hijo de mi sultán! que no repita todo lo que me hace y me dice en semejantes circunstancias. Así es que no me entrego á tales desahogos más que cuando sé que está muy lejos y tengo la seguridad de hallarme solo. ¡Pero hay más! Cuando yo llegue á viejo, me venderá á cualquier aguador, que, poniéndome sobre el lomo un baste de madera, me cargará de pesados pellejos y enormes cántaros de agua, hasta que, no pudiendo más con los malos tratos y privaciones, reviente míseramente. ¡Y entonces echarán mi esqueleto á los perros que vagan por los vertederos! ¡Y tal es la suerte que me reserva Ibn-Adán! ¿Habrá entre todas las criaturas quien sea más desgraciado que yo? Responde, ¡oh buena y tierna oca!»
»Entonces ¡oh señores míos! sentí un estremecimiento de horror y de piedad, y en el límite de la emoción, del espanto y del temblor, exclamé: «¡Oh mi señor león! Verdaderamente el burro es muy desgraciado. ¡Porque yo, sólo con oirle, me muero de lástima!» Y el joven león, viendo al borrico dispuesto á largarse, le dijo: «¡Pero no tengas prisa, compañero! ¡Quédate otro poco, porque realmente me interesas! ¡Y me gustaría que me sirvieses de guía para llegar hasta Ibn-Adán!» El burro contestó: «¡Lo siento, señor mío, pero prefiero poner entre ambos la distancia de una buena jornada de camino, pues le he dejado ayer cuando se dirigía hacia este lugar! Y ahora busco un sitio seguro para resguardarme de sus perfidias y de su astucia. Además, con licencia tuya, ahora que estoy convencido de que no me oye, quiero desahogarme á gusto y gozar de la vida.» Y dichas estas palabras, el burro lanzó un prolongado rebuzno, al que siguieron trescientos pedos magníficos, que disparó coceando. Se revolcó después sobre la hierba durante un buen rato, y al fin se levantó. Entonces, como viese una polvareda que se levantaba á lo lejos, enderezó una oreja, luego la otra, miró fijamente, y volviendo la grupa echó á correr y desapareció.
»Una vez disipada la polvareda, apareció un caballo negro, con la frente marcada por una mancha blanca como un dracma de plata, hermoso, altivo, reluciente, y con las patas adornadas de una corona de pelos blancos. Venía hacia nosotros relinchando de un modo muy arrogante. Y cuando vió á mi amigo el joven león, se detuvo en honor suyo, y quiso retirarse discretamente. Pero el león, encantado de su elegancia y seducido por su aspecto, le dijo: «¿Quién eres, hermoso animal? ¿Por qué corres de ese modo, como si algo te inquietase en esta inmensa soledad?» El otro contestó: «¡Oh rey de los animales! ¡Soy un caballo entre los caballos! ¡Y huyo para evitar la proximidad de Ibn-Adán!»
»El león, al oir estas palabras, llegó al límite del asombro, y dijo al caballo: «No hables de ese modo, ¡oh caballo! pues en realidad es vergonzoso que sientas miedo hacia Ibn-Adán, siendo fuerte como eres, y estando dotado de esa robustez y esas alturas, y pudiendo con una sola coz hacerle pasar de la vida á la muerte. ¡Mírame! No soy tan grande como tú, y sin embargo, he prometido á esta oca gentil librarla para siempre de sus terrores matando á Ibn-Adán y devorándolo por completo. Entonces podré tener el gusto de llevar nuevamente á esta pobre oca á su casa y al seno de su familia.»
»Cuando el caballo oyó estas palabras de mi amigo, le miró con sonrisa triste, y le dijo: «Arroja lejos de ti esos pensamientos, ¡oh hijo del sultán de los animales! y no te hagas ilusiones acerca de mi fuerza, y mi alzada, y mi velocidad, pues todo eso es insignificante para la astucia de Ibn-Adán. Y sabe que cuando estoy en sus manos, logra domarme á su gusto, pues me pone en las patas trabones de cáñamo y de crín, y me ata por la cabeza á un poste en lo más alto de una pared, y de ese modo no puedo moverme ni echarme. ¡Pero hay más! Cuando quiere montarme, me coloca sobre el lomo una cosa que llama silla, me oprime el vientre con dos cinchas muy duras que me mortifican, y me mete en la boca un pedazo de acero, del cual tira mediante unas correas, con las que me dirige por donde le place. Y montado en mí, me pincha y me perfora los costados con las puntas de unas espuelas, y me ensangrienta todo el cuerpo. ¡Pero no acaba ahí! Cuando soy viejo, y mi lomo ya no es bastante flexible y resistente, ni mis músculos pueden llevarle todo lo aprisa que él quisiera, me vende á algún molinero, que me hace rodar día y noche la piedra del molino, hasta que sobreviene mi completa decrepitud. ¡Entonces me entrega al desollador, que me degüella, y me despelleja, y vende mi piel á los curtidores y mi crin á los fabricantes de cribas, tamices y cedazos! ¡Y tal es la suerte que me espera con ese Ibn-Adán!»
»Entonces el joven león, muy emocionado con lo que acababa de oir, dijo al caballo: «Veo que es preciso desembarazar á la creación de ese malhadado ser á quien todos llaman Ibn-Adán. Di, amigo mío: ¿cuándo y dónde has visto á Ibn-Adán?» El caballo dijo: «Huí de él hacia el mediodía. ¡Y ahora me persigue, corriendo tras de mí!»
»Y apenas acababa de decir estas palabras, se alzó una gran polvareda que le inspiró un terror inmenso, y sin darle tiempo para disculparse huyó á todo galope. Y vimos en medio de la polvareda aparecer y venir hacia nosotros, á paso largo, un camello muy asustado que llegaba alargando el cuello y mugiendo desesperadamente.
»Al ver á este animal tan grande y tan desmesuradamente colosal, el león se figuró que debía de ser Ibn-Adán y nadie más que él, y sin consultarme, se arrojó contra el camello, é iba á dar un salto y á estrangularlo, cuando le grité con toda mi voz: «¡Oh hijo del sultán, detente! ¡No es Ibn-Adán, sino un pobre camello, el más inofensivo de los animales! ¡Y seguramente huye también de Ibn-Adán!» Entonces el joven león se detuvo muy pasmado, y preguntó al camello: «¿Pero de veras temes también á ese ser llamado Ibn-Adán, ¡oh animal prodigioso!? ¿Para qué te sirven tus pies enormes si no puedes aplastarle con ellos?» Y el camello levantó lentamente la cabeza, y con la mirada extraviada como en una pesadilla, repuso tristemente: «¡Oh hijo del sultán! Mira las ventanas de mi nariz. ¡Todavía están agujereadas y hendidas por el anillo de crin que me puso Ibn-Adán para domarme y dirigirme, y á este anillo que aquí ves estaba sujeta una cuerda que Ibn-Adán confiaba al más pequeño de sus hijos, el cual, montado en un borriquillo, podía guiarme á su gusto, á mí y á todo un tropel de camellos colocados en fila! ¡Mira mi lomo! ¡Todavía conserva las heridas causadas por los fardos con que me carga desde hace siglos! ¡Mira mis patas! ¡Están callosas y molidas por las largas carreras y los forzados viajes á través de la arena y de las piedras! ¡Pero hay más! ¡Sabe que cuando me hago viejo, después de tantas noches sin dormir y tantos días sin descanso, explota mi pobre piel y mis huesos viejos, vendiéndome á un carnicero que revende mi carne á los pobres, y mi cuero en las tenerías, y mi pelo á los que hilan y tejen! ¡Y he aquí el trato que me hace sufrir Ibn-Adán!»