Verdaderamente, la princesa era muy bella y tal como la había descrito el efrit Dahnasch. Y Maimuna pudo observar que el parecido entre los dos jóvenes era tan perfecto, que se les hubiera tomado por dos gemelos, y solamente diferían en el centro; pero tenían la misma cara de luna, la misma cintura delicada y las mismas nalgas redondas y llenas de opulencia; y también pudo darse cuenta de que si la joven carecía en el centro de lo que adornaba al adolescente, lo sustituía ventajosamente con dos breves pechos maravillosos que denotaban su sexo suculento.
Dijo, pues, á Dahnasch: «Veo que se puede vacilar un momento acerca de la preferencia debida á uno ú otra de nuestros amigos. ¡Pero hay que ser ciego ó insensato como tú, para no reconocer que entre dos jóvenes de igual belleza, siendo uno varón y otra hembra, el varón es superior á la hembra! ¿Qué dices á eso, maldito?» Pero Dahnasch contestó: «¡Por mi parte, sé lo que sé, y veo lo que veo, y el tiempo no me haría creer lo contrario de lo que mis ojos han visto! Pero ¡oh mi señora! ¡si tuvieras empeño en que mintiese, mentiría para darte gusto!»
Cuando la efrita Maimuna oyó estas palabras, se echó á reir, y comprendiendo que no podría nunca ponerse de acuerdo con el testarudo Dahnasch sólo por medio de un examen, le dijo: «Acaso haya un medio de averiguar cuál de nosotros dos tiene razón, y es recurrir á nuestra inspiración. El que diga los mejores versos en loor de su preferido, será quien esté en lo cierto. ¿Estás conforme? ¿O no eres capaz de esa habilidad, propia sólo de los seres delicados?» Pero el efrit Dahnasch exclamó: «¡Eso es precisamente, señora mía, lo que quería proponerte! Pues mi padre Schamhurasch me enseñó las reglas de la construcción poética y el arte de los versos ligeros de ritmo perfecto. Pero sea tuya la prioridad, ¡oh encantadora Maimuna!»
Entonces Maimuna se acercó á Kamaralzamán dormido, é inclinándose hacia sus labios, se los besó suavemente; después le acarició la frente, y con la mano en su cabellera, dijo, mirándole:
¡Oh cuerpo claro, al que las ramas han dado su flexibilidad y los jazmines su fragancia! ¿Qué cuerpo de virgen vale lo que tu olor?
Ojos en que el diamante puso su luz y la noche sus estrellas, ¿qué ojos de mujer alcanzarán tu fuego?
Beso de tu boca, más dulce que la miel aromática, ¿qué beso femenil logrará tu frescura?
¡Oh! ¡Acariciar tu cabellera y estremecerse con toda mi carne sobre tu carne, y luego ver salir las estrellas en tus ojos!
Cuando el efrit Dahnasch oyó estos versos de Maimuna, se extasió hasta el límite del éxtasis, y después se convulsionó hasta el límite de la convulsión, tanto por rendir homenaje al talento de la efrita como para expresar la emoción que le habían causado ritmos tan afinados; pero no tardó en acercarse á su vez á su amiga Budur, para inclinarse hacia sus pechos desnudos y depositar en ellos una caricia; é inspirado por sus encantos, dijo, mirándola:
¡Los arrayanes de Damasco ¡oh joven! me exaltan el alma cuando sonríen; pero tu belleza...!