Efectivamente, el gobernador de la ciudad de Kufa había oído hablar al califa de la hermosura de Feliz-Bella, esposa del hijo del mercader Primavera. Y dijo para sí: «¡Sin remedio, he de encontrar la manera de apoderarme de esta Feliz-Bella, cuyas perfecciones y arte para cantar me ponderan tanto! ¡Será un magnífico regalo para mi amo el Emir de los Creyentes Abd El-Malek ben-Meruán!»
Por consiguiente, el gobernador de Kufa resolvió un día ejecutar su proyecto, y con tal fin mandó llamar á una vieja muy astuta, que de ordinario estaba encargada de adquirir é instruir especialmente á las esclavas jóvenes. Y le dijo: «¡Te ruego que vayas á casa del mercader Primavera y hagas conocimiento con la esclava de su hijo, la joven llamada Feliz-Bella, de la cual se dice que está muy versada en el arte del canto, y que es muy hermosa! Y de cualquier manera has de traérmela aquí, porque quiero enviarla como regalo al califa Abd El-Malek.» Y la vieja respondió: «¡Escucho y obedezco!» Y se fué inmediatamente á hacer los preparativos necesarios.
A primera hora de la mañana se vistió de estameña, y se echó al cuello un enorme rosario de millares de cuentas, se ató una calabaza á la cintura, cogió una muleta, y se dirigió con lento paso á casa de Primavera, parándose á cada momento para suspirar, muy devota: «¡Alabado sea Alah! ¡No hay más Dios que Alah! ¡Sólo á Alah es preciso recurrir! ¡Alah es el más grande!» Y no dejó de proceder del mismo modo durante todo el camino, con gran admiración de los transeuntes, hasta que llegó á la puerta de la casa en que vivía Primavera. Llamó, y dijo: «¡Alah es generoso! ¡Oh Donador! ¡Oh Bienhechor!»
Entonces fué á abrirle el portero, que era un anciano respetable, antiguo servidor de Primavera. Vió á la vieja devota, y después de examinarla no le pareció su aspecto muy tranquilizador, sino muy al contrario. Y por su parte, él también desagradó mucho á la vieja, que le dirigió una mirada atravesada. Y el portero sintió instintivamente la mirada, y también instintivamente, y para conjurar el mal de ojo, formuló con el pensamiento: «¡Mis cinco dedos de la mano izquierda en tu ojo derecho y los otros cinco dedos en tu ojo izquierdo!» Después, y en alta voz, le preguntó: «¿Qué quieres, mi anciana tía?» Ella respondió: «Soy una pobre vieja que no piensa mas que en rezar. Y como veo que se acerca la hora de la oración, quisiera entrar en esta morada para hacer mis devociones este día santo.» El buen portero se indignó, y le dijo con brusquedad: «¡Vete! ¡Esta casa no es mezquita ni oratorio, sino el hogar del mercader Primavera y su hijo Feliz-Bello!» La vieja respondió: «¡Ya lo sé! Pero ¿hay mezquita ni oratorio más digno de la oración que la morada bendita de Primavera y su hijo Feliz-Bello? Sabe también ¡oh portero de cara seca! que soy mujer conocida en Damasco, en el palacio del Emir de los Creyentes. Y he salido de allí para visitar los santos lugares y rezar en todos los sitios dignos de veneración.» Pero el portero contestó: «Bueno que seas una devota; pero esa no es razón para que entres aquí. Sigue tu camino.» Y la vieja se resistió é insistió tanto tiempo, que el rumor de su voz hubo de llegar á oídos de Feliz-Bello, que salió para enterarse de la causa del altercado, y oyó á la vieja que decía al portero: «¿Cómo se puede impedir á una mujer de mi categoría entrar en la casa de Feliz-Bello, hijo de Primavera, cuando las puertas más cerradas de los emires y los grandes siempre se me abren de par en par?»
Al oir estas palabras, Feliz-Bello sonrió, según su costumbre, y rogó á la vieja que entrara. Entonces la vieja le siguió, y llegó con él á la habitación de Feliz-Bella. Y le deseó la paz de la manera más sentida, y á la primera ojeada quedó estupefacta de su belleza.
Cuando Feliz-Bella vió entrar á la santa vieja, se apresuró á levantarse en honor suyo y le devolvió su zalema con respeto, y le dijo: «¡Sea de buen agüero para nosotros tu venida, buena madre! ¡Dígnate descansar!» Pero ella contestó: «Acaban de anunciar la hora de la oración, hija mía. ¡Déjame rezar!» Y volvióse en seguida en dirección á la Meca, y se arrodilló en actitud de orar. Y así estuvo hasta la noche sin moverse, y nadie se atrevía á interrumpir su función augusta. Y además parecía tan sumida en el éxtasis, que no hacía caso alguno de lo que ocurría á su alrededor.
Por fin, Feliz-Bella se atrevió, y acercóse tímidamente á la santa, y le dijo con voz dulce y respetuosa: «¡Madre mía, da descanso á las rodillas, aunque no sea mas que una hora!» La vieja contestó: «¡El que no cansa el cuerpo en este mundo no puede aspirar al reposo reservado á los puros y elegidos en lo futuro!» Feliz-Bella, extremadamente edificada, repuso: «¡Por favor, ¡oh madre nuestra! honra nuestra mesa con tu presencia y consiente en compartir con nosotros el pan y la sal!» La vieja respondió: «He hecho voto de ayunar, hija mía. No puedo faltar á mi voto. No me hagas caso, y ve á reunirte con tu esposo. Vosotros, que sois jóvenes y hermosos, comed, bebed y sed felices...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ
LA 240.ª NOCHE