¡Heme aquí! ¡Vengo á buscarte durante la hora en que las noches tibias son propicias!... ¡El aire es leve, la noche se hace sedosa y transparente, y hacia nosotros llega el murmullo de las hojas y del agua!

¡Aquí me tienes, ¡oh mi gacela de las noches! ¡Tus ojos han deslumbrado á todas las tinieblas! ¡Quiero sumergirme en tus ojos, como el ave que se embriaga sobre el mar!

¡Acércate más, y toma en mis labios sus rosas! ¡Déjame después salir lentamente de mi cáliz, y acabar de desnudarme para ti desde los hombros hasta los tobillos!

¡Oh mi muy amada!

¡Heme aquí! ¡El secreto fruto de mi carne de luna tiene la forma del dátil maduro! ¡Ven!... ¡Se te aparecerá todo el mar, el mar lleno de olas, en que las aves se embriagan!

Apenas habían expirado las últimas notas de aquel canto en los labios de Feliz-Bella, desfallecida de felicidad, cuando súbitamente se descorrieron las cortinas y el califa en persona entró en la sala.

Al verle, se levantaron los tres apresuradamente y besaron la tierra entre sus manos. Y el califa les sonrió á todos, y fué á sentarse en medio de ellos en la alfombra, y mandó á la esclava que trajera vino y llenara las copas. Después dijo: «¡Vamos á beber para festejar la vuelta de Feliz-Bella á la salud!» Y levantó la copa de oro y dijo: «¡Por amor á tus ojos, ¡oh Feliz-Bella!» Y bebió lentamente. Dejó entonces la copa, y notando la presencia de aquella esclava á quien no conocía, preguntó á su hermana: «¿Quién es esa joven que está ahí, y cuyas facciones me parecen tan bellas bajo el velo ligero?» Sett Zahia contestó: «¡Es una compañera sin la cual no le es posible vivir á Feliz-Bella, pues no puede comer ni beber á gusto si no la tiene cerca!»

Entonces el califa levantó el velo de la supuesta esclava y se quedó pasmado de su belleza. En efecto, Feliz-Bello todavía no tenía pelo en las mejillas, sino tan sólo un leve bozo que daba una sombra adorable á su blancura, sin contar con el lunar de almizcle que sonreía bellamente en su barbilla.

Y el califa, muy apasionado, exclamó: «¡Por Alah! ¡Oh Zahia! ¡Desde esta noche quiero también tomar por concubina á esta nueva adolescente, y le reservaré, como á Feliz-Bella, una habitación digna de su hermosura y un tren de casa como á mi esposa legítima!» Y Sett Zahia respondió: «¡Por cierto ¡oh hermano mío! que esta joven es un bocado digno de ti!» Después añadió: «Ahora precisamente recuerdo una interesante historia que he leído en un libro escrito por uno de nuestros sabios.» Y el califa preguntó: «¿Y cuál es esa historia?» Sett Zahia dijo:

«Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que hubo en la ciudad de Kufa un joven llamado Feliz-Bello, hijo de Primavera...