»Además, ni siquiera la fortuna se ha perdido, pues cuanto poseo te pertenece. Ven conmigo á casa á bañarte y vestirte, y desde este momento puedes considerar todos los bienes de Mahmud como tuyos propios, y la vida de Mahmud está á tu disposición.» Y siguió hablando tan paternalmente á Grano-de-Belleza, que le decidió á acompañarle.

Bajó primeramente, y le ayudó en seguida á ponerse detrás de él en el caballo, y encaminóse hacia su casa, estremeciéndose de placer al contacto del cuerpo caliente y desnudo del muchacho, que se cogía á Mahmud para sujetarse.

Su primera diligencia fué llevar á Grano-de-Belleza al hammam y bañarlo allí, sin auxilio de masajista ni ningún otro criado, y después de haberle vestido con un traje de gran valor lo llevó á la sala en que solía recibir á sus amigos.

Era un salón de frescura y sombra deliciosas, alumbrado únicamente por los hermosos reflejos de esmaltes y porcelanas y por el centelleo que desde arriba caía de las estrellas. Un olor á incienso arrebataba y transportaba el alma hacia soñados jardines de alcanfor y cinamomo. En el centro cantaba el surtidor de una fuente. Perfecto y seguro era allí el reposo, y podía llegarse hasta el éxtasis.

Sentáronse ambos en la alfombra, y Mahmud brindó á Grano-de-Belleza un almohadón para apoyar los brazos. Comieron los manjares que en bandejas se les sirvieron, y bebieron los vinos selectos que encerraban los frascos. En aquel momento, el Bilateral, que hasta entonces no se había mostrado muy atrevido, no pudo contenerse más, y estalló recitando esta estrofa del poeta:

¡Deseo! ¡Ni las caricias delicadas de los ojos ni el beso de los labios puros pueden apaciguarte! ¡Oh deseo mío! ¡Sientes gravitar sobre ti el peso de una pasión que no ha de calmarse hasta que brote!

Pero Grano-de-Belleza, que acostumbrado ya á los versos del Bilateral advertía con facilidad su sentido, á veces oscuro, se levantó inmediatamente y dijo á su huésped: «En verdad que no comprendo tu insistencia sobre lo mismo. No puedo hacer mas que repetirte lo que ya te dije. El día en que venda á otros esa mercancía por dinero, á ti te la daré de balde.» Y sin querer atender á otras explicaciones del Bilateral, le dejó bruscamente y se fué.

Al verse fuera, empezó á vagar por la ciudad. Pero ya había oscurecido, y como siendo forastero en Bagdad no sabía adónde dirigirse, resolvió pasar la noche en una mezquita que vió en el camino. Entró, pues, en el patio, y al ir á quitarse las sandalias para penetrar en el interior de la mezquita, vió que se le acercaban dos hombres precedidos por sus esclavos, que iban con linternas encendidas. Se apartó para dejarles pasar; pero el más viejo de los dos se paró delante de él, y después de mirarle con mucha atención, le dijo: «¡La paz contigo!» Y Grano-de-Belleza le devolvió el saludo. El otro añadió: «¿Eres forastero, hijo mío?» El joven contestó: «Soy del Cairo. Mi padre es Schamseddin, síndico de los mercaderes.»

Al oir estas palabras, el anciano se volvió hacia su compañero y le dijo: «¡Alah nos favorece más de lo que deseábamos! ¡No esperábamos encontrar tan pronto al forastero que buscamos y ha de sacarnos del apuro!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.