Los celos habituales de la infanta daban orígen á que no cesase de acechar el momento de realizar su venganza, mas llegó por desgracia. Un dia ¡dia fatal! que pasando su errante mirada por todos los objetos que la circundaban, se encontró con la camarista, echó mano de unas bien afiladas tijeras, de que siempre iba armada, se lanzó sobre ella cual el águila sobre su presa, y antes de que su contraria lo hubiera podido evitar, ya la habia despojado de su dorada cabellera. No satisfecha aun, la llenó de contusiones y arañazos, y podemos asegurar que si los gritos de la camarista, no hubiesen hecho acudir al lugar de la sangrienta escena á todos los dependientes del palacio, y hasta á su mismo marido, era probable hubiese acabado con la que habia sido causa de sus sufrimientos.

Felipe, viendo despojada á su querida del objeto que mas lo entusiasmara, se llenó de indignacion: y fueron tantos los improperios, tantas las palabras ofensivas é insultantes que dirigió á su esposa, que no se le hubieran dicho iguales á la muger mas despreciable de la sociedad.

El haber visto que Felipe la trataba de aquella manera, contribuyó en gran modo á trastornar completamente su juicio. Jamás podia creer Doña Juana semejante trato en su esposo.

La escandalosa escena que acabamos de pintar, no tardó en llegar á oidos de la reina Isabel, y tuvo tan gran sentimiento, que fue la causa de que se agravase mas su enfermedad. Sin embargo, procuró por todos los medios que estuvieron á su alcance, introducir la paz entre sus hijos, ni siéndola posible lograrlo por algun tiempo: la archiduquesa tenia una herida que no era fácil cicatrizar. Por fin, alcanzaron sus sùplicas hacer la reconciliacion. Se unieron los esposos, pero no por esto recobró Doña Juana su tranquilidad.

Entretanto la salud de Doña Isabel decaia por instantes. Sus padecimientos eran tan continuos, que ya no se dudaba de su pronta muerte. Uno de los principales personajes de la córte, única heredera del reino de Castilla á su hija Doña Juana, y en defecto de esta á D. Cárlos, su nieto; pero advirtiendo que si la primera se hallaba imposibilitada, y Cárlos no tenia veinte años, gobernase D. Fernando, hasta que aquel llegara á esta edad.

Efectivamente, el dia 26 de noviembre de 1504 falleció en Medina del Campo la reina Isabel la Católica, y al siguiente dia ordenó D. Fernando proclamar por reina de España á su hija la archiduquesa de Austria. Las Córtes verificadas en Toro el 11 de enero de 1508, fueron las primeras que juraron á Doña Juana por reina propietaria de los vastos dominios de España. No pudieron por entonces los archiduques abandonar á Flandes, tanto por los innumerables asuntos pendientes en él, como por el avanzado estado de preñez de la reina; habiendo nacido á poco tiempo la princesa Doña María.

Restablecida Doña Juana de su parto, pusiéronse en camino; mas un fuerte temporal, los hizo arribar á Inglaterra, en cuyo reino fueron perfectamente recibidos. Pocos dias despues partieron con direccion á España, llegando el 26 de abril de 1506 á la Coruña; donde esperaba la mayor parte de la grandeza á recibirlos y rendir un justo homenaje á sus nuevos monarcas. A su paso por Valladolid fueron jurados, y alli disfrutaron de las fiestas que habian prevenido en su obsequio.

Parecia estar en esta época sumamente aliviada Doña Juana, no tratando mas que de complacer á su esposo en todo, y dejándole gobernar el reino á su gusto. Pero ¡cuán poco le duró esta felicidad! Asi que se concluyeron las Córtes de Valladolid, determinaron recorrer las principales capitales de España para darse á conocer, porque asi lo exigian de todas partes. Empezaron su carrera por Burgos; pero ¡oh desgracia! En una de las tardes que salian á pasear, se acaloró tanto D. Felipe en una partida de pelota, que le sobrevino una pulmonía, de cuyas resultas fue víctima á los seis dias, dejando embarazada á Doña Juana de seis meses. Falleció Felipe el Hermoso el dia 29 de setiembre de 1506, cuando contaba apenas veinte y ocho años.

Tal fue el poderoso influjo que obró en la imaginacion de la nueva reina la inesperada muerte de su esposo, que muchos dias estaba fuera de sí, y encerrada en el aposento que á ella le parecia mas lóbrego y triste. Durante este enagenamiento, se habian hecho los funerales, y por consiguiente el cadáver del monarca sepultado en la cartuja de Miraflores. En cuanto esto llegó á su noticia, mandó se lo trajesen en una caja bien dispuesta y embetunada, porque no queria vivir lejos de él. Asi se practicó, y no permitia que nadie entrase, llevándose los dias y las noches contemplando los restos del ídolo de su amor.[[*]] Ninguna clase de ruegos la hacian desistir de alejarse del cadáver. En vano eran las amonestaciones del cardenal Cisneros; inútiles tambien las de las damas y principales personajes, advirtiéndole la necesidad de ocuparse de los negocios del reino. Cerróse por dentro de la habitacion y mandó hacer una ventanita para que por alli pudiesen mandarla algunos alimentos.