Respondiera el Arzobispo:

—Vuestra hija doña Urraca.

—Calledes, hija, calledes,

no digades tal palabra,

que mujer que tal decía

meresce de ser quemada.

Allá en Castilla la Vieja

un rincón se me olvidaba,

Zamora había por nombre,

Zamora la bien cercada;