Sus armas pide el buen viejo,
sus hijos le están armando,
las grevas le están poniendo;
doña Urraca había entrado,
los brazos le echara encima,
muy fuertemente llorando.
—¿Dónde vais, mi padre viejo,
ó para qué estáis armado?
Dejad las armas pesadas,
que ya sois viejo cansado,