—Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.
—¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tiene el Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronación el miércoles por la mañana.
Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasos hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.
—¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!—me decía mi huéspeda.—Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo único que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo que yo quisiera, y no me importa que me oigan.
—¡Cállese usted, madre!—dijeron ambas mozas.
—¡Oh, son muchos los que piensan como yo!—insistió la vieja.
Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oirlas.
—Lo que es yo—declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta y sonriente,—aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsberg rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...
Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la cara hosca que ponía su hermana.
—Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg pelirrojos—refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida de Jaime, cuarto conde de Burlesdón.