—¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!—exclamó la moza.

—También, y más de una, cuando ya era tarde—fue la severa respuesta, que dejó a la doncella callada y confusa.

—¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?—pregunté para romper el embarazoso silencio.

—El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta el miércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.

—¿Es decir que son buenos amigos?

—Los mejores del mundo.

Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y exclamó:

—¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan el mismo trono y la misma mujer!

Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habían picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, le pregunté:

—¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?