—Todo el mundo sabe que Miguel el Negro—bueno, madre, el duque Miguel,—daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que está destinada al Rey.

—¡Pobre Duque!—repuse.—Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el segundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar gracias a Dios de que algo le toque.—Y pensando en lo que a mí mismo me sucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entonces a Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.

—Lo que es Miguel el Negro...—continuó la muchacha arrostrando la indignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados pasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:

—¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias tierras?

La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.

—¿No me acusarás a tu amo, Juan?—preguntó.

—Ahí tienes lo que nos traes con tu charla—dijo la madre.

El hombre que había hablado entró en la habitación.

—Tenemos un huésped, Juan—dijo la posadera al recién llegado, que inmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso, como ante una aparición.

—¿Qué tienes, Juan?—preguntó la mayor de las jóvenes.—Este señor es un viajero, que viene a ver la coronación.