El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándome fijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.
—Buenas noches—le dije.
—Buenas noches, señor—murmuró, observándome sin cesar, hasta que la rubia exclamó con gran risa:
—¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el color de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemos aquí en Zenda.
—Dispense el señor—balbuceó el mozo, todavía sorprendido.—No creí encontrar aquí más que a los de casa.
—Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas noches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grata conversación.
Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. La alegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió un paso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:
—Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?
—Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.
Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hasta que se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir la escalera me dijo: