—No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a Juan.
—¿Prefiere quizás el tuyo, eh?
—¡Oh! quiero decir en un hombre—replicó coquetonamente.
—Vamos a ver—dije asiendo el candelero que tenía ella en la mano;—¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?
—Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.
—Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta; toma.—Y le di algunas monedas.
—¡Cielo santo!—exclamó.—Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta de la cocina, por si acaso.
De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasiones detalle de la más alta importancia para un hombre.
III
francachela nocturna con un pariente lejano