Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no del todo inútil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

—¿Cómo vigilan ahora al Rey?—pregunté, recordando que dos de los Seis habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.

—Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De Gautet, de día—contestó Juan.

—¿No más que dos a la vez?

—Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente sobre la prisión del Rey, y allí puede oirse todo grito o señal dados desde abajo.

—¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?

—No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo y desde allí bajar al encierro del Rey.

—¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?

—Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.