—¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.
Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las puertas de Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para mí, según dijeron los sirvientes, por un joven desconocido. Abrí el sobre y leí:
«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que le envió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en nombre de Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!—A. de M.»
Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica lastimera de la dama, limitándose a decir:
—Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?
Sin embargo, no considerándome yo enteramente irresponsable de lo ocurrido, resolví compadecerme de Antonieta de Maubán.
XVI
un plan desesperado
Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus oídos.
Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.