—¡Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se estrellaron contra una mesita de hierro...

—¿Qué otra cosa puede esperarse de gaznápiros como Dechard y De Gautet? ¡Ojalá hubiera estado yo allí!

—¿Y el Duque se mezcla en el asunto?

—No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.

—¿Y ella prefiere al Duque?

—¡Sí, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y piénselo—dijo; e inclinándose, espoleó su caballo y partió en seguimiento del fúnebre cortejo.

Volví adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extraño carácter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.

—¡Qué arrogante tipo!—fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin, no se había ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.—¡Y cómo parece sentir la muerte de su amigo!—prosiguió.

—Más le valdría pensar en la suya propia que no anda lejos—dijo Sarto bruscamente.—Por mi parte me sentía descontento e irritado al pensar que en realidad yo no tenía más derecho al amor de la Princesa que el insolente Henzar. Seguí silencioso a su lado hasta que, cerca ya de Tarlein y habiendo anochecido, dejó Sarto que nos adelantásemos un tanto, quedándose él atrás para impedir todo súbito ataque de nuestros enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcísima:

—Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás enojado?