—¿No es una jugada soberbia? Pues, ¿y la apuesta? Para usted el trono y la beldad que desde allí nos mira; para mí una recompensa suficiente y... la gratitud del Rey.
—Es usted el mismo demonio, señor de Henzar—le dije.
—Bueno, usted piénselo y tenga en cuenta también que no deja de costarme duro esfuerzo eso de ceder así tan fácilmente la muchacha aquella—y su insolente mirada volvió a fijarse en Flavia.
—¡Póngase usted fuera de mi alcance!—exclamé; sin embargo, un momento después la audacia misma de aquel malvado me hizo reír.
—¿Es decir, que usted haría traición al Duque?—pregunté.
Por toda respuesta aplicó a Miguel un epíteto que no merecía, pues era el Duque hijo de una unión legal, aunque morganática, y añadió en tono confidencial:
—Me estorba. ¿Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me interrumpió tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un puñal.
Aquellos detalles me interesaban vivamente.
—¿Una mujer?—pregunté.
—Sí, y preciosa. Usted la ha visto.