—Demasiado lo sé, por desgracia—replicó.—Oiga usted. Tiempo atrás le hice una oferta en nombre del Duque...
—¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!—exclamé.
—Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección del asalto a Tarlein y al viejo coronel...
—¡Adelante!
—Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.
—Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!
—¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también el Duque.
—¡Hola!
—Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomará el camino del infierno por la «Escala de Jacob.» ¡Ah! ¿También sabe usted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y usted, rey de Ruritania.
Se detuvo un momento, y con voz que la emoción agitaba, continuó: