—Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.
—¿Es decir que sólo se halla convaleciente?
—Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse muy pronto.
—Sírvase usted expresarle—dijo Flavia,—mi vivo deseo de que esas molestias desaparezcan en breve.
—El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío—replicó Roberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que el rubor coloreó el rostro de la joven.
Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidores que continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y al oir él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, como temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.
—La otra noche peleó usted como un valiente—le dije en voz baja.—Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondo de que no ha de pesarle.
Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:
—Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo con la mayor facilidad.
—Nada tema—le dije.