—Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Son los de mi querido amigo Alberto de Laugrán.
—Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte—dije,—y lo prueba el edicto que evitará la repetición de esos encuentros.
—¡Pobre señor de Laugrán!—exclamó Flavia con dulzura.
Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supo expresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba la Princesa.
—Vuestra Majestad es siempre bondadoso—continuó.—Por mi parte, a la vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley común y que muy pronto les tocará a otros el turno.
—Reflexión que a todos nos importa tener presente—dije.
—Aun a los Reyes—insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltar al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.
—Muy cierto es eso—repuse.—¿Qué noticias me da usted de mi hermano?
—Ha mejorado mucho, señor.
—De lo cual me alegro.