—De la manera más satisfactoria—contesté.—Volvamos atrás; estamos casi en tierras del Duque.

Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

—Retirémonos—dijo Sarto.

—No, preferiría permanecer aquí—fue la opinión de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo. Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubrió a su vez y Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:

—Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta, ¿verdad?

—Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan—dije a uno de mis lacayos.

Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lo dirigieron al enlutado caballero.

—Es Ruperto Henzar—murmuró Sarto.

Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando al cortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto, pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa al ver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinando tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del pecho.