—El Duque no tolera rivales—murmuró.

—Tiene usted razón—repuse con absoluta sinceridad.—Pero la suposición esa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:

—El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

—Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...

—Vuelva usted a Estrelsau—repetí.—Diga al embajador que ha descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.

—El embajador se muestra muy apremiante, señor.

—Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas, hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese usted esta misma noche.

Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo. Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad. Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo corazón por no haber sabido refrenar la lengua.

—¿Y bien?—preguntó Flavia.—¿Ha terminado la conferencia?