—¿Y ese nombre?
—Raséndil, señor.
En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando la voz:
—Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?
—Sí—dije mirando involuntariamente hacia el castillo.—Esa dama llegó a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.
El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.
—Sarto—dije,—tengo que hablar un momento a solas con el prefecto. Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted decir?—pregunté.
Se me acercó y me incliné hacia él.
—¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la dama?—murmuró.—Nada se ha sabido de él en los dos meses—y a su vez el prefecto dirigió una mirada al castillo.
—Sí, la señora de Maubán está allí—dije con toda calma.—Pero no creo que Raséndil... ¿es ese el nombre?