—Lo haré después de nuestra boda—le dije sonriéndome.
Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente. Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.
—Puedo asegurar a Vuestra Majestad—me dijo,—que estoy haciendo cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.
Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo cuanto antes.
—¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?—le pregunté.
—¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...
—¿De qué se trata—dije aparentando indiferencia.
—Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.
—¿Qué motivos son esos?
—Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.