—¡Calla! ¡es el cómico!—exclamó,—y de un poderoso tajo cortó mi maza en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo) eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida. Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.
—¡El diablo le lleve!—exclamó Sarto.
—Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?
—Laugrán y Crastein.
Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya muerte lamenté profundamente.
También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había llamado cómico.
XV
tentación
Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que participaban también los amigos y servidores de los principales contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una concordia que hasta entonces había engañado al público.
Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo prohibiese en absoluto.