Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo, se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque estábamos a pie.

—¡Obscura está la maldita noche!—exclamó una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de Sarto y Tarlein.

—¡Mata, mata!—aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón daba el ejemplo a su gente.

—¡Estoy perdido, Ruperto!—exclamó al caer uno de los que le seguían.—Son tres contra uno. ¡Sálvate!

Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre su caballo.

—¿Te han despachado también a ti, Crastein?—gritó.—No obtuvo respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.

—¡Por fin!—exclamé.

Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro recurso que rendirse o morir.

—¡Por fin!—repetí.