Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:

—Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.

—El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad—replicó burlonamente Dechard;—a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el camino que lleva derecho a la gloria.

—Está bien—dijo el Rey.—Y ahora, si sus instrucciones se lo permiten, déjeme usted solo.

—¡Buenas noches y gratos sueños!—exclamó el rufián.

La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oirle y mofarse de su llanto?

No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oir el ruido de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí, al lado opuesto del foso.

—¡Eh, Máximo!—gritó una voz.

Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el cadáver. Después salté a la orilla.

—Silbe usted también—ordené a Sarto,—para llamar a nuestra gente y entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.