Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.

Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey, que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que me hiciera cometer una falta irreparable.

Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.

A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones. Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo. Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de Jacob.»

Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría, porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar, a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta, debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era, aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más, cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel? ¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho. Después me incliné y miré por debajo del tubo.

En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil. ¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oir su respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan. Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.

Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.» Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente adherido al muro por su parte superior.

Entonces oí una voz brusca, que decía:

—Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas con este precioso par de brazaletes...—¡Era Dechard, cuyo acento inglés reconocí al instante!

—¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?