Cuando hubo salido miré a Sarto.

—¡Difícil empresa, amigo!—le dije.

—Tanto—respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,—que según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de maldiciones contra Miguel el Negro.

—Mi opinión es—dije reclinándome en las almohadas,—que sólo tenemos dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los amigos del Duque le hagan traición...

—Prescinda usted de ese medio—dijo Sarto.—Veamos el otro.

—¡Pues el otro—dije,—es ni más ni menos que un milagro del Cielo!

XIV

rondando el castillo

Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera podido oir la conversación que acabo de transcribir, porque según las noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar: primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.

Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.