Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho. Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.

No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en breve los informes que nos proporcionó:

Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas. La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí, tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo? ¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de Miguel?

—No señor—dijo Juan.—Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no habrá tormento bastante cruel para mí.

Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo; y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del Rey.

Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que no le faltaban ni audacia ni astucia.

—¿Conoce el Rey esos detalles?—pregunté.

—Mi hermano y yo—contestó Juan,—colocamos el tubo, dirigidos por el señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos. Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro tubo y oir al villano que así se mofaba de él.—¡Ah, señores!—acabó diciendo Juan,—en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay mujeres cerca.

Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:

—Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se sospechase siquiera en esta casa!