Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:

—¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...

Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.

—¡Vete, antes de que te haga pedazos!—murmuré.

Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.

Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:

—Aquí está mi mano.

Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.

Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.

—Y lo más raro es—continuó Tarlein,—que no parece muy contrariado de verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis matachines.