—¿Y usted?—dije riéndome en sus barbas.
—Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.
—Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella—observé.
—¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?
—Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.
—Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el caso—dijo con burlona risa.
—¿Cómo está su prisionero?
—¿El Rey?
—Su prisionero, digo.
—¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso vive todavía.