—No, ha muerto.
—Tanto mejor para ella—dije, gozándome al oir la maldición que me lanzó entre dientes.—Y ahora, oigamos ese mensaje.
Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.
—El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería—murmuró.—Mi opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera y quinientos mil pesos.
—Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.
—¿Es decir que rehusa usted la del Duque?
—Desde luego.
—Así se lo dije a Su Alteza.
Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre de sus sonrisas.
—La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede comprender lo que es un caballero.