—Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...
—¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?—le dije en tono seco y arrogante, haciendo ademán de levantarme.
—¿Qué ocurre?—preguntó.
—Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi hermano elija otro embajador.
—¿Para qué continuar esta farsa?—preguntó con suma indiferencia, sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.
—Porque la farsa no ha terminado todavía—repliqué;—y mientras dure me reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.
—Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.
—Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro y respeto a las mujeres, señor mío.
Me dirigió una mirada iracunda.
—¿Vive su madre de usted?—proseguí.