—Sarto—dije a mi vez,—mi salida de esta noche tenía objeto importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo asegurar una cosa.

—¿Y es?

—Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al país.

Sarto, al oirme, tomó y estrechó mi mano.

XIII

nueva escala de jacob

A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos, escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si cabalgase en el parque de Estrelsau.

Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:

—¿El Rey está enamorado a lo que parece?

—No de la vida, señor mío—contesté sonriéndome.