Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

—Joven—dijo,—basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.

—Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

—¡Qué me dice usted!

—Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continuó:

—Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

—Es muy probable—dije.—Primera sangre a favor de Miguel.

—Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña—dijo Tarlein.