—¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?
—Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.
Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo, suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente. Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos esperaban los caballos.
No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan luego salimos al campo.
—¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?—preguntó Tarlein.
—Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo. Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.
—Conque las haya en Estrelsau me basta—dijo el enamorado Tarlein dando un suspiro.
Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo oirse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a recibirnos.
—¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!—exclamó.—¿No ha asomado ninguno de ellos por el camino?
—¿De quiénes habla usted, coronel?—pregunté, echando pie a tierra.