—¿Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desvivía por chismear un poco.

—Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo—explicó.—Ni una sola mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es falso, sin duda.

—No importa, sepamos lo que dicen.

—Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.

—¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo quieres?

—No mucho, señor.

—¿Pero quieres servir al Rey?

—Sí, señor.

—Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo, mañana a las diez de la noche.