—¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?

—Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.

—¿Y tú, dónde duermes?

—En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco criados.

—¿Armados?

—Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del castillo.

—Te he prometido diez mil pesos—dije a Juan.—Te daré veinticinco mil si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben esos criados quién es el prisionero?

—No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

—¿Y no dudarán que yo soy el Rey?