—¿Cómo han de dudarlo, señor?
—Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al frente ¿entiendes bien?
—¿Estará usted allí, señor?
—Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir de tu cuarto. Nada más exijo de ti.
—Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?
—Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.
Juan temblaba al oirme, pero no me quedaba elección posible y tuve que fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en su prisión.
Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. Este último manifestó su desaprobación desde luego.
—¿Por qué no espera usted?—me preguntó.
—Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los esponsales.