Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el hombro, exclamó:

—Dice usted bien. ¡Probemos!

—Con usted cuento, Tarlein—le dije.

—Corriente—contestó.—Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

—¡Eso es, eso es!—exclamó.—Así burlaríamos los designios de Miguel cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al Rey ¿qué sería de todos nosotros?

—Servirían ustedes a la reina Flavia—repliqué,—y ojalá pudiese yo hacer otro tanto.

Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:

—¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela aquella de usted, Raséndil?

—Al grano, al grano—le dije.—Se trata del Rey actual.