—Es verdad—asintió Tarlein.

—Además—continué,—si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

—Irá usted con nosotros al ataque del castillo—dijo Sarto.

He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oir su nombre a voces en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.

En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, con la leyenda de las armas de mi familia: Nil Quæ Feci. Me lo quité y poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina—le dije.

—Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de muerta—dijo besándolo.