Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:

—¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice usted!

No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces el repecho de la ventana y continuó:

—¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted misma ¿qué atractivos halla en él?

—Si yo le repitiera lo que usted dice...

—Repítaselo usted en buena hora—dijo Ruperto con la mayor indiferencia;—y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la besó, echándose después a reír y exclamando:

—¡Ahora tiene usted algo más que contarle!

De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la cuenta que tenía pendiente con Ruperto.

—Y eso que al Duque—continuó,—maldito lo que se le importa. Está loco por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.

Bueno era saberlo.