—Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?

La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o desesperada.

—Pero no me gusta esperar—dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:

—¿Qué hace usted aquí, señor mío?

Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte y alegre de siempre:

—Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía dejar sola a esta señora?

El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la ventana, exclamó:

—¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!

—¿Me amenaza Vuestra Alteza?—preguntó el joven.

—Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí—replicó Miguel.