—Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.

—¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?

—En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer torpezas—replicó Ruperto con sorna.

No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:

—¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y Bersonín?

—Sí, señor.

—No le necesito a usted por ahora.

—No estoy fatigado...

—Sírvase usted dejarnos—ordenó impaciete Miguel.—Dentro de diez minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá usted regresar a nado a su cuarto.

Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él. Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente. Perdí de vista a la dama, volví a oir la puerta que le daba paso y el Duque cerró las persianas.