—«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»

El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados. Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su muerte era segura.

Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:

—¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!

Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.

—¡Socorro!—gritó débilmente el Duque.

Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío, y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada, sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de cabeza al agua.

Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido. Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos, murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso, golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.

Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.

Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.