—¿Qué demonios será?—preguntó una voz al otro lado de la puerta que quedaba al pie de la escalera.
—¿Te parece que lo matemos?—dijo otra voz.
—Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos un disgusto serio,—fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible placer.
Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a colgarla del gancho fijo en la pared.
—Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?—dijo Bersonín.
Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín, sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel momento?
No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano. Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose, medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y en atravesar con su espada al indefenso médico.
Después se volvió hacia mí, gritándome:
—¡Por fin!
Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal. De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.