No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:
—¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.
—¡Adelante!—le grité.—¡Un golpe con la silla!
Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.
—¡Adelante!—volví a gritar al Rey.—¡Pronto, pronto!
El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.
Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez, pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.
¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho; pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo. Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado cuanto poseía por oir la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de la puerta.
Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas, que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?
Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta. Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo acento: