Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.

—¡Ah, señora!—exclamó Ruperto riéndose.—¡Si sus ojos no fueran más mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a estas horas, en el infierno!

Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el arma lentamente y apuntó con calma.

Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.

Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.

En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua, veía su rizada cabeza.

Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:

—¡Alto, Ruperto!

Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra. No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.

Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio, suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.